El transbordador espacial pasó sobre Guatemala el sábado (14/06) a las 9 de la mañana. El grupo de chapines que seguimos la pista del mismo en cada descenso no logró verlo, pero algunos sí escucharon la explosión que produce al romper la barrera del sonido.
Pocas personas saben que varias rutas que usa el transbordador para aterrizar en Florida, pasan sobre Guatemala, por eso cada vez que lanzan uno, comienza la emoción en este pequeño grupo. Pero no crean que es un grupo de científicos serios y enojados. Es un grupo alegre de personas que les fascina lo espacial.
Hemos tenido experiencias buenas y malas. Una ocurrió el 22 de diciembre de 2006, cuando los expertos de la NASA vinieron al país para filmar la misión Discovery STS-116. STS significa “Space Transportation System” o “Sistema de Transporte Espacial”. El número 116 es un correlativo. Nuestro grupo apoyó a los expertos para seleccionar un buen lugar para observarlo y ellos trajeron equipo especial que tardaron bastante tiempo en armar. Sin embargo, minutos antes de iniciar el descenso, la NASA cambió la ruta y ya no pasó por Guatemala. Los NASA boys desarmaron los equipos con una calma increíble e iniciaron el regreso a casa. “Así son estas cosas”, dijeron. Aunque nos sentíamos frustrados, fue toda una experiencia conocerlos y ver sus equipos.
Pero no todo ha sido frustraciones. El 21 de septiembre de ese mismo año, ocurrió el descenso de la misión Atlantis STS-115, que pasaría sobre el país a las 5:03 de la mañana. Esa madrugada estaba fría y lloviznando. Quizá por eso ninguno del grupo quiso salir. Yo presentía que era una oportunidad única y decidí salir a verlo. En un acto de entusiasmo más imprudencia, le dije a mis hijos, Juan Carlos (16) y Rodrigo (14), que me acompañaran, pues era algo que valdría la pena ver.
Salimos pasadas las 4 horas, y nos dirigimos a Escuintla, pensando llegar a un lugar de la autopista con buena visibilidad. Si el cielo lo permitía, allí deberíamos verlo. Era peligroso parar a esa hora, así que no me detuve hasta que fueron las 5 en punto, lo cual sucedió cuando íbamos por el kilómetro 54. Estacioné el carro, bajamos y señalé el oeste. “En este lado deberíamos verlo”, les apunté.
Quizá usted no lo va a creer, pero a los pocos minutos apareció entre las nubes una bola de fuego blanco, brillante, moviéndose a gran velocidad y dejando tras de sí una estela igualmente blanca. Pensé en plasma. Su paso duró unos 10 segundos quedando solo la estela, desvaneciéndose en 2 ó 3 minutos. Todo ocurrió en silencio. No hubo boom sónico. El silencio lo rompió ese -“¡Qué chilero!”- de mis hijos.
Rápidamente nos metimos al carro y nos fuimos de regreso a casa. Fueron 10 segundos que estoy seguro nunca olvidaremos. Posteriormente supe que Ingrid Zapata lo fotografió desde Totonicapán y Jorge Solano desde la capital al mismo tiempo, confirmando así nuestra observación. Los astronautas aterrizaron sanos y salvos en la Florida, 19 minutos después.
martes, 9 de junio de 2009
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