martes, 9 de junio de 2009
LA GRAN ILUSIÓN ÓPTICA.
Todos los días lo vemos salir. Detrás de las montañas o el borde del mar, se anuncia con sus rayos en el Este. Si hay nubes, ilumina sus bordes, si está despejado, enciende el azul del cielo. Es el Sol, despuntando en la mañana. Los que vamos al trabajo lo vislumbramos a través de los árboles o edificios para ver si está muy alto, ya que eso significa que vamos tarde. Conforme las horas pasan, se eleva hasta colocarse en el meridiano, la línea imaginaria que marca su máximo. Luego empieza a bajar hasta ocultarse tras las montañas o el mar en el Oeste. Si no fuera por lo que aprendí en mi clase de ciencias, yo juraría que el Sol gira alrededor de la Tierra. Se nota a simple vista. Pero las apariencias engañan y la realidad demuestra que no es así. Hoy sabemos que los planetas giran en torno al sol y que la Tierra gira sobre su eje, de oeste a este, causando la ilusión de que el sol se levanta y se oculta. Pero ¿cómo descubrieron eso? ¿Fue el primer astronauta quien lo dijo? No. Esto se supo gracias a dos brillantes astrónomos: Copérnico y Galileo. El primero se dedicó años a tomar nota (1535) de las posiciones del sol, la luna, los eclipses y los planetas. Sus observaciones a simple vista le dijeron que no era cierto lo que decía la teoría geocéntrica, que postulaba que la Tierra era el centro del universo y a su alrededor giraban el sol y los planetas- y lo describió en su obra “De revolutionibus Orbium Celestium”, que se publicó -a propósito-, el día de su muerte, 24 de mayo de 1543, por temor a represalias. Luego apareció Galileo, en Italia. En 1609 el telescopio se consideraba tecnología de militar para divisar barcos que venían a lo lejos. Pero a este científico se le ocurrió dirigirlo hacia el cielo y ver de cerca los planetas. Para su sorpresa, descubrió que Júpiter tenía satélites que giraban a su alrededor. Esto le demostró que no todos los astros giraban alrededor de la Tierra, por tanto, la teoría geocéntrica estaba equivocada. Aún así, se necesitaba valor para contradecirla, pues ya había sido aceptada por la Iglesia Católica y rebatirla significaba arriesgarse a tener problemas con la Inquisición. Sin embargo, Galileo escribió y divulgó sus observaciones. Le dio prioridad a la ciencia sobre sus intereses personales. Pero sucedió lo inevitable. Fue apresado, obligado a retractarse públicamente de sus escritos y puesto bajo arresto domiciliario el resto de su vida. Murió en 1642, triste por no poder decir la verdad. Pero el tiempo le daría la razón. En 1992, el Papa Juan Pablo II reconoció públicamente que Galileo estaba en lo correcto, expresando consternación por la forma como fue tratado por la iglesia. Ahora le toca a usted, estimado lector: cuando vea el sol levantándose en el cielo, recuerde que es la Tierra la que gira y no caiga víctima de esta gran ilusión óptica. Eso es lo que querría Galileo.
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